miércoles, 2 de septiembre de 2026

Cuando el nombre del medicamento se parece, pero el riesgo puede ser completamente diferente



 

Un error de dispensación, dos experiencias y una reflexión sobre la seguridad del paciente

Hay errores en la práctica farmacéutica que dejan una consecuencia inmediata y evidente. Otros, afortunadamente, no producen daño alguno.

Pero existe una tercera posibilidad que quizá sea la más importante para quienes trabajamos en farmacia:

un error que no produjo daño, pero que pudo haberlo producido.

Ese tipo de situaciones debería obligarnos a detenernos, analizar lo ocurrido y preguntarnos qué podemos hacer para evitar que vuelva a suceder.

Porque en seguridad de medicamentos, que “no haya pasado nada” no significa necesariamente que el sistema haya funcionado bien.

A veces significa simplemente que tuvimos suerte.

Un caso que ocurrió en Brasil

En 2023 se conoció en Brasil el caso de un bebé de dos meses al que, según los primeros reportes, se le habría administrado brimonidina en lugar de bromoprida, y aunque fue algo que paso ya hace un tiempo, no deja de ser muy interesante para reflexionar.

Los nombres pueden parecerse, pero estamos hablando de medicamentos completamente diferentes.

El caso generó una enorme preocupación y puso nuevamente sobre la mesa un problema conocido en seguridad de medicamentos: las confusiones relacionadas con nombres, sonidos, presentaciones o características semejantes.

Es importante aclarar que, aunque inicialmente la administración de brimonidina fue relacionada con el fallecimiento del niño, posteriormente la investigación policial concluyó que la causa de muerte fue una neumonía neutrofílica bilateral y que no se detectó brimonidina en las muestras analizadas.

Por tanto, sería incorrecto afirmar que la brimonidina causó la muerte.

Pero eso no elimina la enseñanza que dejó el caso.

El Consejo Federal de Farmacia de Brasil utilizó la situación para llamar la atención sobre la seguridad en la dispensación y sobre la necesidad de establecer barreras que permitan prevenir errores de medicación.

Y aquí es donde considero que debemos mirar también hacia nuestra propia realidad.

Un caso que me ocurrió en Panamá

Hace algunos años me encontraba trabajando en la sede de una empresa que tenía once sucursales: siete en Chiriquí y cuatro en Panamá.

En aquel momento ocupaba la posición que la empresa denominaba Gerente de Medicamentos, por lo que recibí la comunicación de un cliente bastante molesto.

Había solicitado Cibrón, pero en la farmacia le habían entregado Cebión.

El cliente estaba comprensiblemente disgustado.

Le ofrecí mis disculpas y le expliqué que tomaríamos las medidas correspondientes con el personal involucrado.

Pero también consideré importante explicarle algo:

“Afortunadamente, estimado señor, en su caso le dieron vitamina C, porque Cebiòn contiene ácido ascórbico. Y sabemos que la vitamina C resulta hasta conveniente en su caso, pero eso no borra el hecho de que se equivocaron.”

Y continué explicándole que tomaríamos las medidas de corrección internas y que utilizaríamos el incidente como una oportunidad de aprendizaje.

Le dije algo que todavía considero fundamental:

“Lo importante es que no se repita un error como este. Por fortuna, este caso fue inocuo, pero no nos podemos dar el lujo de que un cliente sufra un daño por un error que pudo haberse evitado.”

El cliente finalmente quedó tranquilo.

Pero para nosotros el asunto no terminó con aquella llamada.

Fuimos a la farmacia y conversamos con el regente y con la asistente que había atendido al cliente.

Hubo, por supuesto, un llamado de atención. El error debía reconocerse y corregirse.

Pero decidimos no convertir el episodio simplemente en un regaño o en una búsqueda de culpables.

Lo convertimos en una herramienta de aprendizaje.

El caso fue utilizado posteriormente dentro del programa de educación que desarrollábamos para nuestro personal farmacéutico.

De esta manera, una equivocación ocurrida en una sucursal podía convertirse en conocimiento para las demás.

Y esa experiencia me dejó una enseñanza que considero vigente hasta hoy:

Un error que no produjo daño no debe ser ignorado. Debe ser analizado para evitar que el próximo error sí lo produzca.

Cuando la similitud de un nombre se convierte en un riesgo

Los medicamentos cuyos nombres pueden confundirse por su similitud fonética o visual forman parte de un problema conocido internacionalmente como LASA: Look-Alike, Sound-Alike. Lo que yo denomino a manera personal, “Se ve igual y hasta se menciona parecido pero son diferentes”

La confusión puede producirse por diferentes razones:

  • nombres comerciales o de principios activos parecidos;
  • nombres que suenan de manera semejante;
  • envases o etiquetas similares;
  • concentraciones diferentes del mismo medicamento;
  • ubicación cercana en los anaqueles;
  • presión de trabajo; muy importante en nuestro tiempo, donde una persona sola atiende una fila de pacientes.
  • interrupciones durante la dispensación;
  • recetas poco legibles;
  • falta de doble verificación;
  • desconocimiento o falta de capacitación.
  • ¿Por qué ocurrió?
  • ¿Había un procedimiento que pudiera haberlo evitado?
  • ¿El procedimiento era conocido?
  • ¿Se estaba aplicando?
  • ¿Los medicamentos estaban ubicados de manera segura?
  • ¿Había suficiente supervisión?
  • ¿Existían interrupciones o sobrecarga de trabajo?
  • ¿El nombre o presentación favorecía la confusión?
  • ¿El resto del personal conoce el riesgo?
  • ¿Qué podemos cambiar para que no vuelva a ocurrir?

Por eso, reducir el problema a:

“La persona se equivocó”

es una explicación demasiado sencilla.

La pregunta que debemos hacernos es otra:

¿Qué barrera de seguridad permitió que el error ocurriera?

La realidad panameña también tiene un marco regulatorio

Este tema no es ajeno a nuestro país.

En Panamá, el Ministerio de Salud, a través de la Dirección Nacional de Farmacia y Drogas (DNFD), desarrolla las funciones de regulación y vigilancia sanitaria dentro del marco establecido actualmente por la Ley 419 de 1 de febrero de 2024, reglamentada por el Decreto Ejecutivo 27 de 10 de mayo de 2024. La DNFD identifica expresamente la Ley 419 como la base actual de la regulación de los medicamentos y otros productos para la salud humana.

La existencia de este marco regulatorio nos recuerda algo fundamental:

“el medicamento no puede ser tratado como una mercancía cualquiera”.

Su almacenamiento, manejo, dispensación, control y utilización están vinculados directamente con la protección de la salud de la población.

Y la normativa debe entenderse no solamente como un conjunto de requisitos que debemos cumplir ante una inspección sanitaria.

Debe convertirse también en una herramienta de prevención.

Ojalá los propietarios que no son farmacéuticos fueran conscientes de esto.

Cumplir la norma no es suficiente

Aquí considero necesario hacer una distinción.

Cumplimiento regulatorio y cultura de seguridad están relacionados, pero no son exactamente lo mismo.

Una farmacia puede tener sus documentos en orden, sus procedimientos escritos y sus registros completos.

Pero la seguridad real se demuestra cuando esos procedimientos forman parte de la práctica diaria.

Cuando el personal verifica.

Cuando pregunta ante una duda.

Cuando no intenta interpretar una receta ilegible por su cuenta.

Cuando comprueba el medicamento antes de entregarlo.

Cuando existen mecanismos de doble revisión para situaciones de mayor riesgo.

Cuando los errores y casi errores se comunican y analizan.

Y, sobre todo, cuando el aprendizaje obtenido de un incidente se comparte con todo el equipo.

La propia DNFD ha venido desarrollando acciones de capacitación y divulgación relacionadas con la normativa vigente, incluyendo actividades específicas sobre la Ley 419 y el Decreto Ejecutivo 27.

Esto es importante porque demuestra que la regulación también necesita acompañarse de conocimiento y formación permanente.

¿Castigar o aprender?

Esta es probablemente la parte más difícil.

Cuando ocurre un error en una farmacia, es comprensible que aparezca inmediatamente la pregunta:

¿Quién fue el responsable?

Y esa pregunta puede ser necesaria.

Pero no debería ser la única.

También deberíamos preguntar:

¿Por qué ocurrió?
¿Qué condiciones del sistema favorecieron que ocurriera?
¿Qué barrera de seguridad falló?
¿Qué podemos hacer para evitar que vuelva a suceder?

Porque castigar a una persona puede resolver un caso; corregir el sistema puede prevenir muchos.

Eso no significa eliminar la responsabilidad profesional.

Significa entender que responsabilidad y aprendizaje no son conceptos opuestos.

El error que llegó al paciente y el que no llegó

Aquí encontramos una diferencia fundamental.

En nuestro caso de Cibrón–Cebión, el resultado fue afortunadamente inocuo.

Pero pensemos por un momento:

¿Y si los medicamentos involucrados hubieran tenido perfiles terapéuticos completamente diferentes?

¿Y si el paciente hubiera sido un niño?

¿Y si el medicamento equivocado hubiera tenido un margen terapéutico estrecho?

¿Y si la confusión hubiera involucrado un medicamento de alto riesgo?

La consecuencia podría haber sido completamente diferente.

Por eso los llamados “casi errores” merecen nuestra atención.

Cuando un error es detectado antes de producir daño, tenemos una oportunidad extraordinaria:

podemos aprender sin tener que pagar el precio de una consecuencia clínica.

La seguridad del paciente se construye con barreras

La prevención de errores no debería depender exclusivamente de que una persona tenga buena memoria, experiencia o concentración.

Debemos construir barreras.

Entre ellas:

Identificación correcta del medicamento.

Verificación de nombre, concentración, forma farmacéutica y presentación.

Organización segura del almacenamiento.

Separación de medicamentos que puedan confundirse.

Procedimientos normalizados de trabajo.

Capacitación permanente.

Supervisión farmacéutica efectiva.

Doble verificación cuando el riesgo lo amerite.

Comunicación adecuada con el paciente.

Registro y análisis de incidentes y casi errores.

Y algo que considero fundamental:

Crear una cultura en la que comunicar un error no signifique automáticamente esconderlo por miedo a ser castigado.

Si los profesionales tienen miedo de comunicar los errores, la organización pierde una de sus mejores fuentes de información para prevenirlos.

El papel del farmacéutico

Aquí aparece una vez más la importancia de nuestra profesión.

El farmacéutico no debería ser visto solamente como la persona que entrega una caja de medicamentos.

Es el profesional que debe actuar como una de las últimas barreras de seguridad antes de que el medicamento llegue al paciente.

Eso implica conocimiento, criterio profesional, capacidad de detectar inconsistencias y, cuando sea necesario, tener la disposición de detener una dispensación hasta aclarar una duda.

La tecnología puede ayudarnos.

Los sistemas informáticos pueden alertar.

Los códigos de barras pueden reducir determinados errores.

La inteligencia artificial podrá aportar nuevas herramientas.

Pero ninguna tecnología sustituye completamente el criterio profesional del farmacéutico.

La tecnología puede convertirse en una barrera.

Pero el farmacéutico sigue siendo quien debe interpretar la situación y tomar la decisión correcta.

“Una farmacia sin farmacéutico no es una farmacia”

Una experiencia pequeña puede enseñarnos una lección grande

A veces necesitamos un caso dramático para hablar de seguridad.

Pero considero que no siempre es necesario.

El caso de Cibrón y Cebión no produjo una tragedia.

Precisamente por eso podemos mirarlo hoy con serenidad.

Un cliente recibió un medicamento diferente al que había solicitado.

Se detectó la situación.

Se reconoció el error.

Se habló con el personal.

Se corrigió.

Y el incidente se transformó posteriormente en material educativo.

Eso también es seguridad del paciente.

Porque la seguridad no consiste únicamente en evitar todos los errores.

Consiste también en detectar los errores, aprender de ellos y construir sistemas que hagan cada vez más difícil que vuelvan a ocurrir.

Una reflexión final para nuestra profesión

Cuando hablamos de seguridad de medicamentos, no deberíamos esperar a que ocurra una tragedia para comenzar a preguntarnos qué hicimos mal.

Los pequeños incidentes, las confusiones detectadas a tiempo y los llamados casi errores pueden ser verdaderas señales de advertencia.

Un Cebiòn entregado cuando se solicitó Cibron puede parecer, retrospectivamente, una simple anécdota.

Pero también puede ser una oportunidad para preguntarnos:

¿Qué habría pasado si el medicamento equivocado hubiera sido otro?

Y esa pregunta es precisamente la que puede transformar una experiencia aparentemente pequeña en una gran herramienta de prevención.

La normativa sanitaria establece responsabilidades y controles.

La autoridad sanitaria vigila su cumplimiento.

Pero la verdadera seguridad se construye todos los días dentro de cada farmacia, en cada dispensación y en cada decisión profesional.

Por eso, quizá la mejor enseñanza que podemos obtener de estos casos sea sencilla:

No esperemos a que un error produzca daño para comenzar a aprender de él.

Porque en farmacia, el mejor error es aquel que se detecta a tiempo; y la mejor respuesta ante un error es convertirlo en conocimiento para evitar el siguiente.


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Walter Caballero

Farmacéutico | Consultor en asuntos regulatorios e industria farmacéutica

Este artículo tiene carácter educativo y de reflexión profesional. Los casos mencionados se presentan con el propósito de analizar la seguridad en la dispensación y no de atribuir responsabilidad individual a personas determinadas.

Fuentes normativas: Ley 419 de 1 de febrero de 2024 y Decreto Ejecutivo 27 de 10 de mayo de 2024, disponibles en el portal oficial de la Dirección Nacional de Farmacia y Drogas del Ministerio de Salud de Panamá










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