El reciente sismo de magnitud 7.7
que sacudió a nuestro país el pasado viernes 9 de octubre no solo movió los
cimientos de nuestras infraestructuras; desnudó, una vez más, las costuras de
nuestro sistema estatal y social.
Por una ironía casi literaria,
las autoridades tenían programado un simulacro nacional para el lunes siguiente
a la catástrofe. Sin embargo, la cruda realidad se adelantó al ejercicio
teórico, dejándonos una lección ineludible: la población necesita saber cómo
reaccionar, pero es el aparato gubernamental el que requiere con urgencia un
simulacro profundo de cómo actuar sin improvisación ante una crisis real.
Cuando ocurre un desastre de esta
magnitud, las comunidades vulnerables lo pierden todo en segundos: viviendas,
alimentos, abrigo y su sustento económico diario.
Aunque la respuesta institucional
se activa, la maquinaria estatal suele moverse con una lentitud exasperante.
Una densa burocracia frena la ayuda humanitaria en las primeras horas, que son
las más críticas.
Ante este vacío, la solidaridad
ciudadana emerge de forma inmediata por pura empatía, pero la buena voluntad,
si no está técnicamente canalizada y predefinida, puede transformarse en un
caos logístico secundario.
Un ejemplo vivo de esto ocurre en
el sector sanitario. Colegas farmacéuticos desplegados en las zonas afectadas
reportan la recepción de donaciones de medicamentos que no se corresponden con
la demanda epidemiológica de la emergencia.
En el manejo de desastres, la
improvisación con insumos médicos es peligrosa. Para que la ayuda sea
eficiente, el Estado debe contar con manuales preestablecidos y "Kits de
Emergencia Liofilizados" que incluyan exclusivamente lo necesario: analgésicos,
material de trauma, tratamientos para pacientes crónicos que perdieron sus
dosis, y fármacos de salud mental para el estrés postraumático.
Toda donación fuera de este
espectro debe ser centralizada de inmediato por el cuerpo farmacéutico
hospitalario regional para garantizar sus Buenas Prácticas de Almacenamiento y
evitar su vencimiento inútil.
Este mismo criterio técnico y
científico debe replicarse con rigor en el inventario de alimentos de alto
valor calórico, camas de campaña y enseres de primera necesidad. No podemos
salir a inventar listas ni a cotizar proveedores en medio del pánico.
A esta complejidad logística se
suma un enemigo contemporáneo destructivo: la desinformación en redes sociales
y la politiquería.
En momentos donde la histeria
colectiva y las réplicas mantienen a la población en vilo, el ecosistema
digital se llena de publicaciones alarmistas y agendas malintencionadas.
Un claro ejemplo fue la polémica
filtración sobre la compra de casi 300 mil dólares en queso por parte del
Instituto de Mercadeo Agropecuario (IMA). En medio de la catástrofe, la opinión
pública estalló en indignación. No obstante, los datos fidedignos demostraron
que se trataba de un fondo de apoyo al agro aprobado meses antes debido a la
crisis del fenómeno de El Niño, totalmente ajeno a los fondos de la emergencia.
Y yo, que no soy fanático del gobierno ya estaba despotricando contra él.
Este fenómeno demuestra que, en
una zona de catástrofe, el control y la centralización informativa se vuelven
un asunto de seguridad nacional.
Establecer la voz del Sistema de
Emergencia como la única fuente oficial y penalizar la difusión de falsas
alarmas que atenten contra la paz pública no es antidemocrático; es una medida
de protección civil indispensable.
El Estado, por su parte, debe
desmantelar su lentitud comunicativa y neutralizar los bulos de forma expedita
con datos transparentes.
Finalmente, es imperativo exigir
un alto total a la politiquería.
Es una miseria moral ver a
figuras políticas buscando la fotografía oportunista con una bolsa de comida
para capitalizar la tragedia ajena en campaña adelantada.
De igual forma, es inaceptable
que los sectores de oposición utilicen los retrasos logísticos del gobierno
para realizar críticas destructivas en redes con el único fin de ganar rédito
político, desgastando la moral de un pueblo que sufre bajo las inclemencias del
clima en un albergue.
Los desastres naturales son
inevitables, pero el desastre logístico e institucional sí se puede prevenir.
El sismo ya pasó y las réplicas
físicas cesarán, pero las réplicas de nuestra madurez como Estado y como
sociedad apenas comienzan.
Es hora de dejar la improvisación
a un lado y diseñar un sistema de respuesta técnica, despolitizada y blindada
para cuando la tierra vuelva a hablar.

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